¿La vida era eso? ¿Respirar una flor? Pues vaya con el gazpacho. Pasado de agua y con una cucharada de azúcar. ¿Dime tú quién le pone azúcar al gazpacho si no es para ocultar el sabor de la pimienta o para decir algo del agrado de los demás? Pero yo no voy a decir lo que tú quieres escuchar para ganarme tu aplauso. Que no es lo mismo el mosto que el vino, como tampoco un beso en la mejilla que en la boca. A mi edad las gilipolleces no se pueden camuflar. O desaparecen o se multiplican. ¿Amor? Claro que sí. A quien se lo merece. ¿Odio? También. A quien se lo merece. Los besos no se regalan, se ganan. Lo mismo sucede con las bofetadas. Y yo tengo un saco lleno de las dos. Aquí cada uno se limpia los zapatos en la alfombra del vecino y luego te pide una sonrisa de vuelta cuando te lo cruzas en el ascensor. Si quieres limpiarte los pies llama a mi puerta y yo te los lavo. Pero no me regales flores al oído y me digas a la cara lo simpático que soy para que luego me apuñales por la espalda gritando lo hijo de puta que te parezco.
Raül Córdoba
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