Mi querido Sócrates

A ti que te lo haces. A ti que te lo crees. Tú que piensas que estás iluminado y eres más inteligente que cualquier mortal. Tú, rey de lo esotérico y esclavo de tu vanidad. Trilero de las palabras. Polifacético de lo patético. Capturador de mentes débiles. Si quieres mi «like» bájate del olimpo y háblame de tú a tú. A mí no me hables de astros. Enséñame cómo vives y entonces te diré si tu sabiduría es tan real como tus lecciones con fachada de intelectualidad. Mírame bien. Mira mi desnudez. No me fío de quien enreda con nudos la palabra para decir lo que muchos otros han dicho antes -incluso siglos atrás-. No me fío del discurso de «maestro» a «discípulo». Filosofía barata. Y tú, de tanto marear la palabra, te has perdido en tu propia imaginación, por muy imaginaria que sea la imaginación. Pero, mi querido Sócrates, las máscaras tienen una caducidad. Y ahora dime: ¿De qué sirve acumular tantos fieles y tantos halagos si luego, en la vida real, estás muriendo en soledad?

(Raül Córdoba)

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