Mamá, ¿por qué vomita Teo? Ay, mijo. Por lo mismo que vomito yo cada día cuando veo a los adolescentes y los adultos enganchados a sus móviles y las redes sociales. ¿Qué diablos le ocurre a la gente en la cabeza? La vida pasa, mijo. La vida se nos agota mientras pasamos la mayor parte del tiempo con la cabeza gacha mirando la pantalla e ignorando a esa personita que tenemos al lado. Mañana quizá ya se haya ido para no volver jamás. Todo por este instrumento del que nos han hecho títeres y esclavos. «Somos un instrumento de nuestros instrumentos», decía Galeano. Y qué razón tenía «Gius». Las pantallas son las que en realidad nos miran y nos espían a nosotros. Ay, mijo. Instagram y sus consanguíneos son las únicas religiones que no tienen ateos. Ojalá las personas no tuvieran esa continúa necesidad, casi obsesión, de vivir más en las redes y sus móviles que en la realidad. De sufrir esa ansiedad de conectarse a todas horas. Ojalá las personas dejaran de chatear e idolatrar a personas que actúan y representan a personajes ficticios en las redes sociales y hablaran más con la personita que tienen delante. Ojalá, mijo, volvamos a lo de antes. A mirarnos a los ojos y comunicarnos con la palabra. Porque, ¿qué fue de situarse en segundo plano y colocar a la vida en primer lugar? ¿Qué fue de la discreción? ¿Qué fue de lo auténtico y natural? Yo aquí, yo allá, yo con éstos, yo con aquellos, yo en lugares maravillosos, yo con fantásticos amigos, yo seductor, yo seductora, yo semidesnudo, yo semidesnuda, yo que lo sepa todo el mundo, yo el centro del universo… Yo, yo, yo y sin rastro de nosotros. Somos fantasmas de la red viviendo dos vidas: una artificial y otra real repleta de infelicidad. Pero aún así, aquí estoy, mijo. Aquí estoy con tristeza. Observando desde dentro este mundo artificial de vidas inventadas; vidas de amigos, conocidos y desconocidos. Aquí estoy reivindicando esta estupidez que vivo a mi alrededor. Y solo se me ocurre decir una cosa: Quizá soy yo la rara…
(Raül Córdoba)
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