Déjala

Déjala…

Déjala con su dolor, con su despiadada «guerra mundial», con su obsesión, con su ruido, con su fuego y con su infierno.

Déjala que camine sola, que grite, que se desfogue, que se sienta cansada y derrotada, que se caiga, una y otra vez, que aprenda que lo difícil se vuelve fácil cuando todo está roto y perdido.

Déjala que te acaricie la barba, que te invite a su ritual, a su cacería de «fieles» y «creyentes», a su misa, a su pañuelo y a su desconsuelo.

Déjala que expulse el alma y la oscuridad que tiene dentro, que saque la «fama» y la «gloria», la muñeca que viste de luto y alquitrán, lo que pudo haber sido y lo que será.

Déjala y no la molestes… porque solo dejándola saldrá del lugar donde está y volverá.

(Raül Córdoba)

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