Llámame. Pronuncia mi nombre en voz alta. Si tú me lo pides, yo me dejo caer por los acantilados de tu locura. Contigo no sé disimular. Contigo no tengo vértigo. Contigo empiezo la revolución. Traficante de emociones, ladrona de corazones. Arráncame de tu lado o devórame, pero no me dejes arrinconado, yo que cada noche trepo por tu ventana para colarme en tus letras, para colarme en tu vida, para colarme dentro de tu cabeza. Llámame. Dame un bocado de tu fruta prohibida. Hazlo y yo prometo construir una nave espacial para sacarte del «paraíso» y llevarte lejos, muy lejos, para llevarte a otro planeta muy diferente de este mundo robotizado; a un lugar donde las redes sociales sean los abrazos y las únicas pantallas sean nuestras miradas. Llámame y yo salto sin paracaídas, porque deambulando entre tanto asfalto me sobra civilización y me faltas tú.
(Raül Córdoba)
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