Que la pena valga la pena

Que la pena valga la pena. Que la valga ayer, hoy y mañana. Porque cada pena tiene su historia, su tormenta, sus llantos, sus latidos y su soledad… ¡Por eso escúchame! Que nadie me quite la pena. Es mi pena. Yo la he parido. Sé que madurará y, como un hijo que crece y se emancipa de casa, se marchará; y con su partida volverá a dejarme huérfano de mi tristeza. La tristeza es la pena desnuda. Pero yo no temo a la tristeza. Al revés. Cuando la oigo venir, en lugar de cerrar la puerta, la abro de par en par y preparo café. Es una invitada muy especial. Confieso que desconozco el tiempo de sus visitas. A veces son unas horas y otras unos días. Por eso mi cama es muy grande. También sé que de no temerla he aprendido a amarla. Me siento a su lado y la escucho en silencio. Ella es capaz de enseñarme cosas tan profundas sobre mí que nadie más es capaz de enseñarme. Luego se levanta, y se marcha sin despedirse. Por eso, que la pena siempre y absolutamente siempre valga la pena.

(Raül Córdoba)

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