Me siento. Miro sin entusiasmo un cuadro colgado en la pared. Otra vez más anochece sin tan siquiera haber sido de día. Aquí siempre es de noche. Tampoco me atrevo a levantar las persianas. El perro bosteza. Hace tiempo que se queja de su comida. No le sienta bien ser vegetariano. A lo lejos, mientras tanto, por la rejilla de una puerta, se ve una luz. Jamás abro esa puerta. A veces escucho ruidos. «Pero aquí no vive nadie más», me digo mí misma. Entonces me convenzo de que son cosas mías. Hasta que vuelvo a escucharlos de nuevo. Me levanto y me dirijo a la cocina. Saco una lechuga de la nevera. La mitad es para el perro. Otra vez me mira con desinterés. Me pregunto por qué no le gusta la lechuga. A Curro, el canario, le gusta la lechuga. Al salir al salón, los ruidos ya han cesado. Respiro tranquila. Pero, de repente, vuelvo a escuchar un fuerte golpe que me hace estremecer. «¡Basta ya!», digo atemorizada. No obtengo ninguna respuesta. Me vuelvo a sentar en el sillón. Miro el cuadro. El fondo es negro con un punto en medio de color blanco. Me pregunto quién ha movido el cuadro de su sitio. Me llevo un trozo de lechuga a la boca y la mastico despacio. ¿Qué día es hoy? A lo mejor es mi cumpleaños. Me canto cumpleaños feliz. Al terminar, soplo unas velas que no existen. Miro por la ventana. Es la única que no tiene las persianas bajadas. Presiento que me están espiando. Me escondo detrás del cojín. Es mi fortaleza y allí me siento segura. Vigilo todo lo que sucede a mi alrededor. De nuevo vuelvo a escuchar ruidos detrás de la puerta. «¿Por qué no me dejas en paz?», grito enojada. Al cabo de unos segundos, la puerta se abre y entra una mujer. Los rasgos de su rostro son amables. Camina despacio hacia el sillón y se sienta a mi lado. No dejo de mirarla. «¿Y tú quién eres?», le pregunto finalmente. Me acaricia la mejilla con suavidad. «Vamos, mamá. Tu habitación ya está preparada». Me ayuda a levantarme y me acompaña a la cama. Me arropa con delicadeza y me da un beso en la frente. Después apaga la luz. «¡Espera!», grito de repente. «Buenas noches, hija mía», le digo antes de que salga por la puerta.
(Raül Córdoba)
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