Alas para volar

Cuenta la historia que los romanos construían Arcos de triunfos para conmemorar y festejar las batallas que ganaban. Así fue como se dio lugar a uno de los Imperios más excepcionales de la historia de Occidente. En el año 2013, al igual que hicieron los romanos, me enfrenté a una de las batallas más importantes de mi vida: lesión de triada de codo con rotura y prótesis de cabeza de radio. Los médicos me pronosticaron una pérdida de movilidad irreversible del setenta por ciento. Durante ocho meses, mañana y tarde, realicé rehabilitación en el hospital y en un centro privado. Me prometí y me repetí cada uno esos días, que el día que saliera victorioso de esa batalla, al igual que hicieron los romanos, me realizaría un tatuaje en el brazo lesionado como si se tratara de un Arco de triunfo. Me dije a mí mismo que el tatuaje abriría paso a la cicatriz para que ésta fuera vistosa y lo recorriera de un extremo a otro en un paso triunfal. Hoy es el tatuaje que luzco en mi brazo y que conmemora una batalla que, lejos de desanimarme y rendirme, me hizo mucho más fuerte. En noviembre de 2013, en plena etapa de mi rehabilitación, escribí un texto dedicado a las personas que me acompañaron en este proceso. Sin ellas jamás hubiera sido posible ganar esta batalla: las fisioterapeutas.

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“Regálame una vez más tu sonrisa, por favor” –le digo a Lidia cuando la veo con su bata blanca en la sala de rehabilitación.
Muchas personas, cuando ven a las fisioterapeutas piensan que su labor es rehabilitar las diferentes partes del cuerpo. Sin embargo, después de casi tres meses, hoy puedo decir que las fisioterapeutas, además de rehabilitar las partes dañadas del cuerpo, son auténticas reconstructoras de sueños.
Cuando un paciente acude a una sala de rehabilitación, piensa que lo hace por una parte lesionada de su cuerpo, aunque en realidad, su lesión es mucho más profunda. El verdadero dolor apareció cuando se dio cuenta de que, en tan solo unos segundos, todos sus sueños se habían roto en pedazos.
“Me caí en la ducha en cuatro segundos y ya son cuatro meses los que llevo de recuperación” –me dice Pilar, una mujer mayor que está sentada en una silla mientras una maquina de corrientes hace su trabajo.
Después miro el resto de la sala y descubro que cada uno de los que estamos allí cargamos con nuestras propias preocupaciones. Todos tenemos nuestra mochila. Por un momento me viene a la imaginación la película “What women want”, en la que un espléndido Mel Gibson puede leer los pensamientos de las mujeres. En este caso, intento imaginar que piensan mis compañeros, que es lo que está pasando en esos momentos por sus mentes.
Al lado de la puerta siempre está Zacarías; y al verlo, imagino que debe de estar recordando el día que se cayó en bicicleta y se rompió el radio. Es un entusiasta del ciclismo, y su cara siempre se ilumina cuando piensa en su futura vuelta a la bicicleta. Sé que le gusta y le pregunto acerca de ello. En otra esquina también está Rubén, un joven sonriente, con buen humor, y al mirarlo veo una luz en sus ojos. Él sabe que por fin su esfuerzo tiene recompensa y está viendo muy cerquita la salida del túnel. Tiene esa sonrisa especial que yo defino como un “casi ya está”. Con el paso de los días he aprendido a diferenciar esa sonrisa. Cuando aparece esa sonrisa en algún paciente, yo sé que el resto de la recuperación será de otra forma, como más liviana y más alegre.
En medio de la sala, se encuentra Irene, otra joven, que al igual que Rubén, también está operada de los ligamentos de la rodilla. Hace unos días tuvo visita con la doctora y salió muy desanimada. Su recuperación estaba resultando más costosa de lo que ella esperaba en un inicio. Recuerdo que sus ojos estaban vidriosos. Al verlos, y sin necesidad de mediar palabras, me di cuenta de que me estaban pidiendo permiso para derrumbarse. Entonces, en una comunión silenciosa, me acerqué a ella y le abracé. Sólo tardó unos segundos en desmoronarse sobre mi pecho y llorar con todas sus fuerzas. “Permítete sacar todo tu dolor” le susurré al oído. Creo que a veces es necesario derrumbarse, deshacerse de todas las expectativas que no se acercan a la realidad para construir otras nuevas. Tuve la certeza de que a partir de aquel momento la recuperación de Irene sólo podría ir a mejor.
Pero en la sala de rehabilitación también están aquellas personas que un día estuvieron y que con su ejemplo nos enseñaron el camino. Por ejemplo está Joan, un joven cuya energía y vitalidad no sólo era inagotable, sino contagiosa. A Joan ya lo conocí con esa sonrisa especial. Creo que cuando uno empieza su primer día tendría que rodearse de estas personas que ya han alcanzado esa sonrisa, porque esa energía rápidamente se acaba contagiando. Cuando estas personas reciben el alta médica, sus presencias pasan a ser esencias, y por lo tanto, de alguna forma siempre están presentes. Al menos a mí me gusta pensarlo así y es lo que siento. Son mis “invisibles”.
Ahora bien, ¿sabéis que es lo más especial? ¿Lo que más me llama la atención? Que al lado de estas personas, y también a mi lado, por supuesto, se encuentran otras personas, vestidas de blanco como los ángeles, que mientras nos rehabilitan las lesiones del cuerpo, también nos curan las heridas del alma. Son las fisioterapeutas.
Ellas, con una gran dosis de sensibilidad, escuchan nuestras preocupaciones y nuestros sufrimientos, y recogiendo los pedacitos de los sueños que se han roto nos ayudan a volverlos a construir. Lo hacen poco a poco, sin prisa, porque los sueños están hechos de sentimientos y emociones, y por lo tanto son frágiles y delicados. Entonces nos enseñan a volver a “creer”; o dicho de otra forma, nos enseñan a volver a “volar” cuando pensábamos que una parte de nuestras alas ya se nos habían roto para siempre. A cambio solo nos piden una cosa; una cosa que quizá es la más fácil de decir pero la más difícil de practicar: La paciencia. Hoy sé, después de tropezarme, de irritarme, y de golpearme una y otra vez contra la misma pared, que la paciencia es la mayor de nuestras fortalezas. Ellas, y permitidme decir ellas en una firme defensa de la igualdad de género, son por lo tanto más que fisioterapeutas, son nuestras guías espirituales, nuestros bastones que nos ayudan a levantarnos de los oscuros abismos del alma para posteriormente volver a caminar solos, sin ayuda, con fortaleza y decisión. Porque ellas, las fisioterapeutas y los fisioterapeutas, al igual que todas las personas que trabajan en el cuidado de otras personas…
¡Son simplemente seres extraordinarios!


Raül Córdoba

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