“Alicia, no puedes vivir para complacer a los demás”, dijo la Reina Blanca. ¡Ay, Alicia! Quién no tropieza alguna vez con ese error? Dar sin recibir nada a cambio. Si das, asegúrate de recibir, como mínimo, lo mismo que entregas. Si no te valoran, aire. Y si no sopla el aire, yo te regalo el ventilador. Pero no te conformes jamás con menos de lo que vales. Que nadie te tome por idiota y te coloque una venda en los ojos. Que nadie te confunda por ciega. Porque la memoria, igual que la mentira, tiene las patas muy cortas para muchas personas. Tirar la piedra y luego esconder la mano. O llorar. Maldita decepción. El perdón nunca camina de la mano del olvido. Tal vez del silencio, quizá del disimulo… pero nunca del olvido. ¡Ay, Alicia! Cuida de quién te rodeas. Cuida con quién te relacionas. Porque, sin darte cuenta, un día la vida se nubla y tú, con cara de no entender nada, solo te preguntas: «¿Pero qué coño ha pasado?» Tú, que cuidaste. Tú, que lo diste todo. ¿Verdad, Alicia? No te asustes. Te levantas. Créeme: te levantas. Porque la vida, al final, coloca a cada uno en su sitio. Y el sol -tu sol- solo brilla para quien se lo merece.
(Raül Córdoba)
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